XVI Simposio Bíblico-Teológico Sudamericano: Una declaración de identidad para el diálogo con la cultura contemporánea

Una identidad que no teme dialogar con su tiempo: anclada en la Escritura, centrada en Cristo, abierta a la cultura y comprometida con la misión. Porque solo así la fe se vuelve más lúcida, más relevante y, sobre todo, más fiel a su origen.
Por Julio Jarpa Parra
| Universidad Adventista de Chile - Las Mariposas - Chillán
24 May, 2026
Fotografías: José Zúñiga Providel

Un espacio académico de reflexión

La realización del XVI Simposio Bíblico-Teológico Sudamericano (SALT) en la Universidad Adventista de Chile fue parte en la vida académica e institucional de la región. Este evento, que reunió a especialistas, se propuso como un momento para el análisis riguroso de las Escrituras y su pertinencia en el contexto actual. La continuidad de este simposio a lo largo de más de tres décadas evidenció un compromiso sostenido con la reflexión teológica de alto nivel en Sudamérica.

El lema elegido, «Identidad adventista y cultura contemporánea», abordó una cuestión medular para una comunidad que históricamente se ha definido por su integración respecto del entorno cultural. La pregunta que atravesó la totalidad del simposio fue, en esencia, cómo reafirmar una identidad distintiva sin incurrir en aislamiento ni en asimilación acrítica. Para responder a esta interrogante, el programa se organizó en cuatro ejes temáticos fundamentales: Teología Bíblica, centrada en la exégesis y hermenéutica de los textos que sostienen el entramado doctrinal adventista; Teología Histórica y Sistemática, orientada a la formación de las doctrinas, sus crisis y sus reformulaciones; Teología Aplicada, que transitó de la teoría a la praxis eclesial y social; y Estudios Interdisciplinarios, el espacio donde la teología conversó productivamente con las ciencias sociales, la filosofía y otras disciplinas, todo esto, entre el 21 y el 24 de mayo de 2026.

La relevancia de las voces convocadas

La nómina de expositores combinó autoridades eclesiásticas e investigadores de perfil académico. Entre ellos figuraron Stanley Arco, Presidente de la División Sudamericana; Douglas Menslin, Vicepresidente de la misma división; y Jônatas de Mattos Leal, Rector del Seminario Adventista Latinoamericano de Teología (SALT). Un nutrido grupo de directivos del Instituto de Investigación Bíblica de la Asociación General, integrado por Elías Brasil de Souza, Frank Hasel, Clinton Wahlen, Daniel Bediako y Keldie Paroschi, aportó la perspectiva institucional y la rigurosidad exegética. A ellos se sumaron Alberto Timm, Reinaldo Siqueira y Leonardo Nunes, entre otros especialistas provenientes de diversas instituciones educativas de la región y del extranjero.

La coexistencia de autoridades denominacionales y académicos dedicados a áreas particularmente sensibles, como el diálogo judeo-cristiano, la hermenéutica profética o la bioética, confirmó que el simposio asumió la discusión teológica en toda su complejidad, sin reducirla a fórmulas preestablecidas ni eludir los puntos de discusión. Más de cien ponencias paralelas, sesiones plenarias y talleres de investigación conformaron un programa que privilegió el intercambio argumentado sobre la exposición unidireccional.

La declaración de consenso: siete afirmaciones para el tiempo presente

El simposio culminó con la formulación de una declaración de consenso que sintetizó las deliberaciones y orientó el quehacer teológico y pastoral de la iglesia en Sudamérica. Esta declaración, construida a lo largo de los cuatro días de trabajo, constituyó el corazón del evento y su contribución más perdurable.

En primer lugar, la declaración reafirmó que la Iglesia Adventista del Séptimo Día es un movimiento profético cuya identidad se fundamenta en la autoridad y suficiencia de las Escrituras como revelación inspirada y normativa de Dios. La Biblia proporciona los principios y valores necesarios para que la iglesia responda, con fidelidad y relevancia, a los desafíos culturales de nuestros días. No hay identidad adventista que no se reconozca, ante todo, como identidad bíblica.

En segundo lugar, la declaración situó a Cristo como el centro de la fe y la misión. En su ministerio terrenal, Jesús enseñó los principios del reino de Dios con verdad y compasión, relacionándose redentivamente con la cultura de su tiempo y dejando a la iglesia el modelo de testimonio fiel para el mundo contemporáneo. Esta afirmación cristológica es el eje que articula todas las dimensiones de la identidad adventista.

En tercer lugar, la declaración reconoció el don de profecía manifestado en el ministerio de Elena G. de White como una orientación inspirada para el pueblo remanente. Sus escritos conducen a la iglesia hacia la fidelidad bíblica, el discernimiento espiritual y el fervor misionero en medio de los desafíos culturales de nuestro tiempo. Este reconocimiento, sin embargo, no equivale a equiparar los escritos proféticos con la autoridad normativa de las Escrituras, sino a valorarlos como guía subordinada y auxiliar.

Las siguientes

En cuarto lugar, la declaración afirmó que la identidad adventista se manifiesta en el legado histórico, en la comunidad de fe y en la misión de hacer discípulos. Esta identidad se hace evidente en el estilo de vida de los creyentes, lo que implica que no se trata de una adhesión meramente intelectual a un conjunto de proposiciones, sino de una existencia transformada que testifica del evangelio.

En quinto lugar, la declaración estableció una distinción crucial entre los principios teológicos innegociables y las formas adaptables de vivir y compartir la fe. La identidad adventista debe expresarse de manera contextualmente relevante al mundo contemporáneo, sin comprometer las 28 creencias fundamentales de la iglesia. Esta distinción permite evitar dos extremos igualmente perniciosos: el inmovilismo que confunde tradiciones culturales con doctrina revelada, y el relativismo que disuelve los contenidos normativos de la fe.

En sexto lugar, la declaración abogó por un discernimiento bíblico que evite tanto el aislamiento cultural como la asimilación acrítica. Los participantes afirmaron la necesidad de cultivar un diálogo respetuoso e influir en la cultura mediante la predicación del evangelio eterno y el testimonio personal. La iglesia no está llamada a retirarse del mundo ni a mimetizarse con él, sino a ser sal y luz en medio de una generación que necesita ver la coherencia entre el mensaje proclamado y la vida vivida.

Y, por último, la declaración subrayó la urgencia de transmitir la identidad adventista especialmente a los nuevos miembros y a las nuevas generaciones. Para ello, cada persona, familia, ministerio e institución de la iglesia ejerce un papel primordial. La transmisión no es automática; requiere intencionalidad pedagógica y comunidades de discipulado que encarnen los valores del Reino.

La misión como horizonte de la identidad

La declaración de consenso concluyó afirmando que la identidad adventista encuentra su verdadera relevancia contemporánea en la proclamación fiel, compasiva e integral del evangelio eterno a todos, preparando al mundo para el pronto regreso de Jesucristo. Esta convicción misionera no es un apéndice de la identidad, sino su expresión más auténtica: se es adventista en la medida en que se participa de la misión de Dios en el mundo.

Por todo ello, los participantes del XVI Simposio Bíblico-Teológico Sudamericano apelaron a administradores, teólogos, pastores, educadores, líderes y miembros en general a ejercer su vocación con fidelidad a las Escrituras, compromiso con la iglesia y fervor misionero. Reconocieron, así, que la preservación de la identidad no depende exclusivamente de formulaciones doctrinales, sino también de una experiencia diaria de comunión con Cristo y del poder transformador del Espíritu Santo. En un contexto sudamericano donde las identidades religiosas tienden a polarizarse entre fundamentalismos y sincretismos, este simposio ofreció una vía: la de una identidad propositiva, anclada en la Escritura, centrada en Cristo, abierta al diálogo cultural y comprometida con la misión. Una identidad que se atreve a dialogar con su propio tiempo no se debilita: se vuelve más lúcida, más relevante y, singularmente, más fiel a su origen.

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