Más allá de las cifras y los cargos, la presencia femenina en esta casa de estudios sostiene gran parte de la vida universitaria cotidiana. Académicas, investigadoras, administrativas y estudiantes construyen día a día un sello propio que dialoga con los fines superiores de la institución.
Cuando se observa con detenimiento el funcionamiento de la Universidad Adventista de Chile, se evidencia que gran parte de la trama que sostiene la vida académica y formativa descansa en el trabajo fundamental de las mujeres. No se trata únicamente de presencia numérica, sino de una forma particular de habitar los espacios y de relacionarse con la tarea educativa, que permea desde las áreas estratégicas hasta las ejecutoras.
En las aulas, las académicas han ido construyendo trayectorias que combinan la exigencia disciplinar con una cercanía que las estudiantes valoran. Mujeres que llegaron hace años desde distintas regiones del país y del mundo, que se formaron en diversas universidades y que hoy eligen esta casa de estudios como lugar de desarrollo profesional. En sus clases, en la dirección de tesis, en la participación en comités, en direcciones, decanaturas y cargos en la alta administración, imprimen un estilo que los propios estudiantes y colegas reconocen como distintivo: disponibilidad para la conversación, rigor profesional, mirada atenta al desarrollo integral de los estudiantes y de la Universidad.


Lo mismo ocurre en el ámbito de la investigación. Académicas de diversas facultades desarrollan estudios en áreas que van desde la educación hasta la salud comunitaria, pasando por la psicología y las ciencias sociales. Sus publicaciones, sus presentaciones en congresos, sus proyectos con financiamiento externo, posicionan a la universidad en circuitos académicos nacionales e internacionales. Y lo hacen desde una perspectiva que no renuncia a preguntarse por el sentido último de lo que investigan, por el aporte concreto que sus hallazgos pueden tener para las comunidades con las que trabajan.


Las propias estudiantes, por su parte, sostienen gran parte de la vida orgánica del campus. Integran centros de alumnos, organizan actividades culturales y deportivas, participan en proyectos de voluntariado y extensión. Muchas de ellas combinan sus estudios con trabajos remunerados, viajes diarios desde comunas alejadas y responsabilidades familiares. Su presencia cotidiana, su esfuerzo por mantenerse y avanzar, dan sentido a la tarea de toda la institución.


Lo que distingue el trabajo de las mujeres en esta universidad no es únicamente su calidad técnica o su dedicación. Es, sobre todo, la manera en que integran su labor específica con una mirada más amplia acerca de lo que significa formar personas. En cada clase, en cada atención en ventanilla, en cada conversación en los pasillos, en cada investigación, en cada decisión estratégica, se juega una concepción de la educación que trasciende la mera transmisión de conocimientos.
Esa concepción, que la institución recoge en sus documentos fundacionales, encuentra en las mujeres que habitan esta casa un canal de expresión cotidiano. No como declaración solemne, sino como práctica. No como discurso, sino como presencia. Y es quizás allí, en esa capacidad de liderar y encarnar los fines superiores, donde se manifiesta la misión institucional en una gestión con identidad y mejora continua.











